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Los cuatro temperamentos y su abordaje en la Pedagogía Waldorf.

En el sistema convencional educativo, usualmente todos los niños son puestos dentro del mismo saco, siendo que las necesidades de cada uno de ellos son muy diferentes. También, se tiende al esquema psicopedagógico de imposición del “porque lo digo yo…”, que tiene que ver con una disciplina férrea, pero más fundamentalmente con la imposición de conceptos -académicos, sociales y hasta morales-, que se filtran en las almas y mentes de los niños como un muro inamovible (y, muchas veces, falso). 

Los niños no solo necesitan conocimientos “de libro” -que cada vez les aburren más y hacen que pierdan el interés-, sino experimentar y descubrir de la mano sensible de un educador entusiasta, que se procura a sí mismo para ser profundo conocedor de la verdadera esencia espiritual de los seres humanos.

Si entendemos que cada niño es especial y único, sabemos que tratarlos con amor y respeto les permitirá descubrir el maravilloso regalo de la vida desde la creatividad y armonía. Parte de ese conocer al niño del maestro Waldorf radica en trabajar con base en los temperamentos de sus alumnos, a veces de forma homeopática y otras tantas en oposición.

Para los padres de familia, saber y comprender sobre los temperamentos es una herramienta de gran apoyo para la vida en casa, ya que permite dirigir los esfuerzos formativos en coherencia con la individualidad de cada hijo.

Los cuatro temperamentos

El colérico:

El andar del colérico es resuelto, dinámico y por lo general pisa vigorosamente con el talón. El prototipo histórico de este temperamento es Napoleón: de figura más bien compacta, con imponente cabeza, cuello corto y, en relación con el torso largo, extremidades relativamente cortas.

Se caracteriza por su iniciativa, su compromiso idealista y su capacidad de aguantar hasta el agotamiento, intensidad en todo sentido, facilidad para entusiasmarse y amor a la verdad, como así también la puntualidad y fácil irritabilidad cuando algo no sucede según sus planes. Todas estas particularidades pueden trasladarse a lo negativo, cuando el individuo no se juega por una meta idealista, sino por una de tipo egoísta.

Los niños coléricos resultan bastante cansadores para los adultos a su alrededor. Llaman la atención por su iracundia, por repentinos cambios de ánimo o por dramáticos arrebatos emocionales; pueden vociferar de rabia, dar golpes a su alrededor y, en ocasiones, intentar literalmente “dar con su cabeza contra la pared”. Pero también, suelen ser quienes deciden ejecutar misiones especiales en forma ejemplar, a favor de otros niños o para reparar errores cometidos. En la escuela siempre son un factor estimulante.

El sanguíneo:

El niño sanguíneo se siente bien de verdad cuando vive un entorno humano franco. Es abierto y tiene interés y comprensión por todo cuanto ocurre a su alrededor. Rara vez emite su juicio por principio; normalmente tampoco es rencoroso, pero sí extraordinariamente proclive a establecer contactos. Los niños sanguíneos se reconocen porque están en constante movimiento y tienden a agotar sus fuerzas en ese proceso, lo que conduce a que muchas veces necesiten dormir más y hasta en la edad escolar requieren una pequeña siesta al mediodía. El primer septenio se caracteriza por ser altamente sanguíneo.

Como alumno, el sanguíneo goza de popularidad general, porque siempre tiene alguna ocurrencia graciosa. También, en la edad adulta se aprecia su conversación estimulante y resulta gratificante de inmediato nos llame por nuestro nombre. Este temperamento se convierte en un peligro cuando lo alegre degenera en lo no comprometido, y el entrometido superficial pasa a ocupar el primer plano.

Constitucionalmente, el sanguíneo por lo general es de talla delgada, estructura ósea liviana, grácil y tiende a una tupida cabellera, con gestos vivaces. Su andar es más bien a los saltos, con importante apoyo en los dedos de los pies.

El flemático:

Quien posee un predominio de las características anímicas del flemático, tiene la capacidad de conservar la calma en situaciones difíciles y a mantener el equilibrio cuando, por ejemplo, el colérico hace rato ya habría salido corriendo, dando un portazo. 

Sin la paciencia de estos individuos, su lealtad, equilibrio y amor a las costumbres, como así también su precisión al realizar trabajos, no podría existir comunidad humana. Entre los flemáticos se encuentran madres y maestros ideales, ya que constituyen el polo sereno. En su esencia no agresiva, que siempre busca el equilibrio, son extraordinariamente confiables. Después del rubicón se suele reconocer al flemático por la mirada llena de asombro con que observa al mundo. Es capaz de estar sentado, callado y contento, en medio del barullo, especialmente si ha descubierto algo comestible y ahora se dedica a consumirlo. 

El flemático no se deja tentar para abandonar su posición de reservista y, mucho menos, por una orden de mando con la que alguien pretenda movilizarlo de una vez. Frente a tales exigencias se tornará aún más apacible. Es evidente que este temperamento se convierte en un peligro cuando la serenidad degenera en aburrimiento, el amor a las costumbres en pedantería y mentalidad burguesa.

El flemático es de proporciones armónicas en su cuerpo, mientras su simpatía por la buena comida no lo haya hecho regordete. Su andar es pausado, con sólida flexión de las plantas de los pies.

El melancólico:

Ya en la infancia llaman la atención los ojos expresivos en el rostro, muchas veces delgado, del melancólico. Vivencias y encuentros suelen tener efectos duraderos en él y de noche todavía puede llorar por algo que sucedió por la mañana. Como alumno, muchas veces se siente incomprendido y mal interpretado. Él mismo toma parte intensamente de todo acontecer trágico y sufre muy especialmente en un entorno impregnado de superficialidad y sin compromisos. En su edad adulta, muestra claramente profundidad de pensamiento, seriedad y capacidad de ser compasivo. 

La melancolía se convierte en peligro cuando el individuo se centra en sí mismo, presenta una  rasgos de perfeccionismo casi enfermizo y el afán de criticarse a sí mismo y a los demás llega a ocupar el primer plano deu vida, o cuando el espíritu de equidad degenera en comparaciones envidiosas.

Constitucionalmente, en el melancólico por lo general encontramos una estatura alta, delgada, muchas veces ligada con una leve debilidad de los tejidos conjuntivos, que acentúa la impresión del andar alicaído o con mala postura. Muchas veces, la cabeza tiene una forma particularmente bella, con ojos profundos. El andar puede ser firme y mesurado, aunque también algo pesado.

Guiando de manera saludable los temperamentos en los niños.

Así como en la Escuela Waldorf se hace uso del conocimiento sobre los cuatro temperamentos como herramienta para entender y acompañar el desarrollo infantil sin etiquetar, mamás y papás pueden tener una aproximación más directa y saludable con sus hijos. Eso sí, sin olvidar que el temperamento se presenta realmente en el segundo septenio. 

Mucho del equilibrio de las tendencias unilaterales del temperamento se trabaja mediante el arte, el movimiento y el entorno (lo visual, lo audible, lo ingerible), permitiendo que cada niño desarrolle su individualidad de manera saludable.

 Principios clave en el trato con los temperamentos:

  • Observación y no juicio: Se observan predominantemente a partir del segundo septenio (7-14 años). No se trata de eliminar el temperamento, sino de guiarlo.
  • Enfoque en el equilibrio: Se busca armonizar las tendencias naturales del niño, evitando que se vuelvan extremas.
  • Adaptación pedagógica: El maestro ajusta su forma de dirigirse, enseñar y sentar a los niños según sus temperamentos, a menudo agrupándolos o contrastándolos para generar armonía en el aula. 

Abordaje específico para cada temperamento:

  • Colérico (Fuego): Necesita retos, acción, autoridad firme pero amorosa y espacios para el movimiento. Se calman con tranquilidad y dominio propio del adulto.
  • Sanguíneo (Aire): Requiere variedad, ritmo, curiosidad y un enfoque ligero. Necesitan estructura para superar la falta de constancia.
  • Melancólico (Tierra): Requiere empatía, compasión, cuidado en la comunicación y un enfoque en el mundo exterior para superar su tendencia introspectiva.
  • Flemático (Agua): Necesita motivación, estimulación y paciencia. Se les ayuda a conectar con el entorno y a no conformarse con la apatía.


Extracto de “Pediatría en familia”, de Wolfgang Goebel y Michaela Glöckler. Editorial Epidauro. Bs. As., 2000 



2026-04-23 | 06:08:20pm

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