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El Pentatlón: Una celebración de la infancia

Por Peter Lawton, Profesor Waldorf de clase en Wisconsin, EUA

“En una época en que las personas han perdido gran parte de su comprensión innata de la infancia y su verdadera relación con el curso completo de la vida, es importante dar a la infancia lo que le pertenece, y no ahogarla en el estibo de la sensibilidad adulta. La infancia es la verdadera base de nuestra vida aquí en el plano físico, y es importante y correcto que nos detengamos para marcar y celebrar la infancia en plena flor. Ese es el propósito final del Pentatlón”.

Cada año, la clase de quinto grado asiste al Pentatlón de escuelas Waldorf en Viroqua, Wisconsin. El Pentatlón es un encuentro de estilo olímpico celebrado por estudiantes Waldorf de quinto grado en todo el continente. Durante muchos ciclos escolares, los estudiantes de quinto grado de City of Lakes han asistido al Pentatlón con otras escuelas Waldorf de Minnesota y de Wisconsin. Los estudiantes de CLWS y las otras escuelas participantes se dividen en “polis”, las ciudades-estado griegas y participan en cinco eventos: jabalina, lucha libre, disco, salto de longitud y carrera. El niño de quinto grado se encuentra en un punto de inflexión trascendente en su crecimiento, en el crepúsculo de una fase importante del desarrollo y el amanecer de otra. Está llegando al final de la infancia propiamente dicha y al comienzo de la pubertad. 

Para poner el Pentatlón Waldorf en la perspectiva adecuada, es importante entender la relación entre la infancia y la adolescencia. En una época en la que las personas han perdido gran parte de su comprensión innata de la infancia y su verdadera relación con el curso completo de la vida, es importante dar a la infancia lo que le pertenece y no ahogarle en el ruido de los adultos. La infancia es la verdadera base de nuestra vida aquí en el plano físico, por lo que es importante y correcto que nos detengamos para marcar y celebrar la infancia en plena flor. Ese es el propósito del Pentatlón Waldorf.

La pubertad y la adolescencia, tal y como las entendemos hoy, no existían hace varios cientos de años. No hace mucho que púberes y adolescentes (como los llamamos hoy) concluían su educación formal y comenzaban a aprender un oficio. En las sociedades preindustrializadas, ellos participaban tradicionalmente en algún rito de paso, iniciándose en la edad adulta. La adolescencia, en realidad, no tenía lugar en sociedades tribales o feudales. En éstas, a los niños se les enseñaban valores sociales y parentales para asumir roles sociales predeterminados por la línea de sangre. Púberes y adolescentes eran iniciados a la edad adulta cuando ya podían realizar física y mentalmente el trabajo que sus padres realizaron y cuando estaban en posibilidades de crear una nueva vida ellos mismos. La pubertad no solo marca el inicio de la capacidad de reproducirse, sino también importantes cambios cognitivos en los individuos, incluida una nueva claridad de pensamiento que se extenderá a la adolesencencia rumbo a la adultez y que asociamos con el pensamiento abstracto y el juicio.

Una explicación cínica de nuestra comprensión moderna de la pubertad y de la adolescencia es la necesidad de capacitar a los niños en las tecnologías cada vez más complejas (tecnologías físicas y mentales) que deben dominar para ingresar a la fuerza laboral moderna. Una comprensión aún más cínica radica en la necesidad de la sociedad de mantener cautivos a los intelectos florecientes el tiempo suficiente para adoctrinarlos en el consumismo, la sensualidad (otra forma de consumismo) y el negocio como de costumbre. Este es el lado oscuro de cómo funciona esta etapa de la vida en las sociedades postindustriales, ¡pero esa no es la forma Waldorf! La adolescencia en la escuela Waldorf marca el nacimiento del individuo. Y como el niño -el recién nacido físico- debe estar protegido de daños físicos, al recién nacido Individual también hay que protegerlo. La escuela Primaria Waldorf es una protección de la infancia; el Pentatlón puede ser la expresión más externa y duradera de nuestra reverencia por la infancia y nuestra comprensión sobre su fin en el curso de una vida humana.

El Pentatlón es considerado como un rito de paso en muchas escuelas. Y hasta cierto punto, el evento presagia los cambios de pubertad y de adolescencia por venir. La jabalina y el disco son vestigios de la caza y se remontan a los ritos que involucraban la caza y el sacrificio. Y la atención a los “medibles”, como la distancia y la velocidad, presagia nuevas habilidades cognitivas, así como futuros estudios de matemáticas y ciencias. 

“El Pentatlón no es una expresión de nuestra individualidad humana. Es una expresión de una humanidad que todos compartimos. No es una competencia para ver quién es el más fuerte, o el más rápido, o el más inteligente. Es una celebración de la maravilla y la belleza de la infancia en su máxima expresión”.

Rudolf Steiner da la imagen del cuerpo como un carro y nuestra propia individualidad única como el Conductor. La infancia es el período en la vida en que “construimos” nuestro carro. La pubertad desemboca en la adolescencia, siendo el momento en que tomamos las riendas del conductor por primera vez. La infancia es la construcción de nuestra tribu, cuando cada uno de nosotros construye un cuerpo físico o un carruaje para nuestra individualidad, esencialmente igual a todos los humanos (corazón, pulmones, extremidades). La pubertad es el puente entre la niñez y la adolescencia y, en la propia adolescencia, entramos en una etapa post-tribal, en la que desarrollamos nuestra propia individualidad única. En efecto, nos convertimos en la tribu de uno mismo: Steiner llama ego a este cuerpo de individualidad, Erickson lo llama identidad, Pearce llama a la infancia la etapa de desarrollo biológico, así como llama a la adolescencia y la edad adulta las etapas de desarrollo postbiológico. 

El Pentatlón, entonces, es una celebración de la infancia y del cuerpo, el carro. De hecho, alrededor del quinto grado, la frecuencia cardiaca del niño se ralentiza, llegando a ser esencialmente la del adulto. Las extremidades y el cuerpo del alumno de quinto grado siguen esencialmente las mismas proporciones que las del adulto. Hay una simple elegancia y gracia en el movimiento del estudiante, un equilibrio contrastado por las grandes cabezas de los de tercer y cuarto grados y las extremidades desgarbadas de los estudiantes de séptimo. A menudo he comparado al niño de 11 o 12 años con un auto nuevo, un automóvil que aún no se ha conducido fuera de la agencai de autos (creo que la imagen de un carro es más elegante, pero Steiner no creció escuchando a los Beatles y los Stones) Sí, se pueden ver signos de individualidad en el niño. Se pueden ver la personalidad, el temperamento, las necesidades y los deseos, etcétera, pero estos elementos están más asociados con la marca y el modelo del vehículo que con el conductor mismo. Si bien la personalidad y el deseo dan forma a los límites de cómo nuestra individualidad puede expresarse en última instancia, tienen más que ver con las fuerzas que fluyen del pasado, fuerzas como la herencia y la cultura, que con el individuo libre y en desarrollo. Y, de hecho, la personalidad puede considerarse un obstáculo para la expresión de nuestra individualidad tanto como una representación de su núcleo. Parte de la máxima expresión de nuestra verdadera individualidad es el desarrollo de la personalidad propia y el abandono de los sistemas de creencias que nos fueron legados en la infancia.

“El Pentatlón no es expresión de nuestra individualidad humana. Es la expresión de una humanidad que todos compartimos. No es una competencia para ver quién es el más fuerte, o el más rápido, o el más inteligente… Es una celebración sobre la maravilla y la belleza de la infancia que termina, en su máxima expresión”.



2026-02-24 | 07:30:48pm

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